Cuento de la Abuela Rita 1
La estrella sabia
Cuentos de la Abuela
Rita Ortiz Brunet
Era una tarde soleada en la comunidad Ustupu, Comarca Kuna Ayala, de San Blas, una bella isla de Panamá.
Estaban dos hermanitos que vivían en la reserva indígena con muchos deseos de irse al mar en el cayuco de su papá.
Esta frágil embarcación era usada a diario para la pesca, el sustento de la familia Kuna, la que la hacía tan importante para todos subsistir.
Los niños aventureros querían conocer nuevas tierras, sobre todo esas que llamaban los continentes. Pero no sabían para dónde ir y, además, ¡no tenían permiso!
Jamás un niño Kuna debería tomar una decisión por su cuenta.
— ¿Quién nos puede decir cómo llegar allá? —preguntaban los niños. No le preguntarían al papá ni a la mamá qué, por supuesto, se lo negarían. No se lo preguntarían a la abuela “Mucua”, que no les permite más que el orden y la obediencia, ¡siempre!
Caía la tarde y los niños estaban ansiosos por llevar a cabo su aventura.
— Mira, allí está la estrella que sale tempranito todas las tardes — señaló hacia el cielo la hermanita.
— ¡Bella estrella! Queremos ir al mar y conocer un continente, grande, bien grande y no sabemos por dónde ir.
¿Puedes mostrarnos el camino? —gritó bien fuerte el niño para que desde lo alto la estrella lo escuchara.
La estrella se quedó pensativa y respondió lo siguiente:
— Con mucho gusto les mostraré el camino. A ver. Tomen sus remos y nos vamos para el mar—.
Felices los niños tomaron cada uno su remo, soltaron la soga y zas… al mar…
Comenzaron a remar y a remar, por un lado y por el otro, impulsándose rápidamente la embarcación hacia afuera en el mar…
Con astucia, la estrella iluminaba el mar indicándole a los niños la ruta a seguir. ¡Qué fresca estaba la tarde! Una emoción embargaba el corazoncito de los niños. Aún así, sentían miedo, ¡no tenían permiso de sus padres y eso sí es grave!
Ya casi había caído la noche. Los niños continuaban siguiendo el rayo de luz de la estrella en el agua. Parecía que había estado remando mucho tiempo. No se veía tierra por ningún lado y ellos no sabían dónde estaban. Hacía un poco de frío y se estaban preocupando.
Volvieron a preguntarle a la estrella: —Díganos, señorita estrella, queremos llegar a tierra y esperamos que usted nos lleve.
La estrella no le contestó, solo iluminaba la ruta. Los niños siguieron la luz con la esperanza de llegar a la orilla.
Casi llorando siguieron insistiéndole a la estrella la urgencia de llegar. De pronto, divisaron tierra y se sintieron muy contentos. Remaron rápidamente y celebraron llegar a puerto. Por fin conocerían nuevas tierras, ¡eso que llamaban continente!
Cuando más felices estaban los niños, la estrella les dijo:
—Me tardé en traerlos pues tenía un plan. Quería enseñarles una lección que les sirviera para toda la vida. Fui iluminando el mar, un poco hacia afuera y un poco hacia adentro, así los traje por la misma dirección hacia el mismo puerto de donde habían salido. Como estaba oscureciendo no se percataron que era así. Nunca salgan sin permiso—dijo la estrella y se despidió.
Al llegar a tierra su papá y su mamá los estaban llamando para la cena, ya era hora de recogerse hasta el otro día.
Con su secreto muy guardado respondieron que ya iban. La estrella astuta les había dado una lección de que siempre hay que obedecer a papá y a mamá. Tuvieron la gran suerte de tener una estrella sabia que les iluminara el camino enseñándole una lección que les serviría para siempre.
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